sábado, febrero 18, 2006

Como el joven Werther

Confieso que me tomó una década, pero ya soy capaz de disfrutar a los clásicos. Antes leía contemporáneos y los envidiaba. Ahora envidio a Esquilo, más que a ningún otro. Me mata de rabia no ser la autora de la Divina Comedia; hubiera pagado con mi alma para escribir el Fausto o Macbeth o Esperando a Godot (aunque este último es un clásico sólo para quienes saben ver el clásico en él).
Encuentro que estas obras encueran mi humanidad en este 2006 con más agudeza y cachondería que cualquier contemporáneo.

Werther, aquél hito del romanticismo creado por Goethe, se entusiasma de forma triste, igualito que yo:
"He conocido a mucha gente pero aún no trabé amistad con nadie. No sé qué de ofensivo he de tener para la gente. Son muchos los que me estiman y se acercan a mí, pero me duele que el camino que compartimos se separa después de un breve trayecto.
Si me preguntas cómo es la gente de por acá, debo decirte: como en todas partes. El ser humano es un una cosa uniforme. La mayoría emplea la mayor parte del tiempo para vivir y lo poco que le queda de libertad le asusta tanto que hace lo imposible para deshacerse de ella. ¡Oh, el destino del hombre!".

1 Comments:

At 5:52 p.m., Anonymous Anónimo said...

Ira querida,
yo estoy alucinado ahorita con las comedias del Aristófanes. Lo clásico es la recurrencia del espíritu universal en la búsqueda eterna de respuestas a las preguntas de siempre. Los contemporáneos te hacen sentir cercano el contexto, los clásicos te restriegan tu humanidad en el rostro.

Fábrica de polvo

 

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